Por fin pasaron las elecciones y los Estados Unidos tienen un nuevo Presidente. El Senador Barack Obama ha ganado los comicios del pasado 4 de noviembre por una abrumadora mayoría que lo llevó a la Casa Blanca y le aseguró a su partido el control de ambas cámaras en el Poder Legislativo de la Nación.
Pero lo que es realmente relevante de estas elecciones no es la victoria del Partido Demócrata, sino el hecho de que el pueblo norteamericano ha enviado un mensaje claro a todas las fuerzas vivas del país, el cual se puede resumir en algunos puntos que quiero comentar:
1) La nueva generación, aquellos de cuarenta años o menos, se ha hecho sentir en esta elección sin distingos de raza o condición social. Hay una fuerza enorme de personas que pertenecen a ese segmento de población cansada del status quo y de un liderazgo rígido y anclado en modelos y respuestas que ya no son RELEVANTES para ellos. Son personas con un gran deseo de comunicar sus puntos de vista y de que estos sean tomados en cuenta de manera seria y respetuosa, así como de ser parte de la toma de decisiones en todos los niveles.
2) La política de la división étnica de las personas como una forma de separación, ha sufrido una derrota aplastante. El nuevo Presidente fue electo con los votos de blancos, negros, hispanos y gentes de todas las etnias que forman parte del tapete racial de los Estados Unidos. Fuimos testigos de un verdadero movimiento multi-étnico alrededor del señor Obama.
3) El concepto del cambio caló profundamente en el alma del ciudadano estadounidense no solo como un slogan político, sino como un verdadero grito de esperanza de millones de personas que sienten que es necesario un cambio de timón en el rumbo y la manera de hacer las cosas.
Ahora, en lo que toca a la iglesia, creo que podemos aprender mucho de esta elección si contextualizamos y aplicamos los tres apartados anteriores a la vida en nuestras congregaciones y denominaciones. La actitud de levantar, apoyar y aplaudir a un nuevo liderazgo joven es un reto que no podemos esquivar si queremos subsistir en un mundo en el que las lealtades a ciegas partidarias o denominacionales ya no existen y el apoyo de la gente se basa, fundamentalmente, en la alineación con ciertos principios e ideas.
Este es un tema pendiente en la mayoría de las denominaciones y, especialmente, en las iglesias locales.
Por otro lado podemos ver la tendencia hacia lo multi-étnico en lugar de la separación dentro de las iglesias de mayor crecimiento en el país. Es un hecho que a mayor integración racial, mayor impacto y alcance de aquellos que no conocen a Cristo, y en el caso de las iglesias hispanas esto es especialmente cierto entre la segunda y tercera generación.
Por ultimo el concepto del cambio es un tema recurrente en la mayoría de las conversaciones entre líderes cristianos a través del país, sin embargo, aunque haya consenso al respecto, existe un temor paralizador a movernos hacia terrenos nuevos en cuanto a administración y gobierno de la iglesia, utilización de los recursos financieros de las denominaciones y las iglesias locales, apoyo decidido a algunas causas con aroma “secular” (aunque francamente yo no creo que exista algo como lo secular y lo espiritual o religioso de manera separada), etc. Si deseamos alcanzar un mundo que se mueve constantemente en la dirección del cambio, debemos abrazarlo también en aquellas cosas que no son esenciales a la fe que tenemos en el Hijo de Dios.
Todo lo demás es revisable y desechable.
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