Retomemos el tema de nuestra última entrada. Si aceptamos que la razón básica de la iglesia es la de alcanzar a las personas que no tienen una relación con Jesús, a fin de que seamos testigos ante ellos y puedan iniciar esa relación eterna, es un hecho entonces que nunca antes en la historia de este país ha habido tanta oportunidad de hacerlo como ahora. De acuerdo con el censo del 2000, los Estados Unidos tienen una población oficial de 300 millones de personas (suma que estoy totalmente seguro será ampliamente superada en los resultados del censo nacional del 2010), de los cuales más de 200 millones no son seguidores de Jesús, lo cual representa alrededor de un 66% del total.
Cuando traemos esos datos a la población hispana, las cifras son proporcionalmente igual de grandes. Se estima que el 13% de la población total en los Estados Unidos es de origen hispano, lo cual nos ubicaría en el rango de los 40 millones de personas (De nuevo esto es según el censo del 2000 que solo es utilizado en este artículo con intenciones de ilustración). Estimaciones hechas por el Dr. Daniel Sanchez en su libro “Realidades Hispanas” indican que el 22% de esa población afirma ser cristianos nacidos de nuevo, lo cual nos daría un número aproximado de 8 millones y medio de hispanos con una relación personal con Jesús, que se congregan cada semana en alguna iglesia en todo el territorio de la Unión Americana. ¡Estas son buenas noticias para la iglesia! Lo malo es que aún quedarían 31 millones y medio de hispanos viviendo en este país sin experimentar las bendiciones del amor incondicional de Dios a través de Jesús y sin poder ver sus vidas transformadas por la obra del Espíritu Santo.
Sin embargo podría pensarse que los 8.5 millones de creyentes hispanos son el resultado del celo evangelistico de la iglesia, pero la realidad es otra. Durante mi experiencia viviendo, sembrando iglesias, pastoreando y trabajando junto a otras, he podido observar el fenómeno de la inmigración cristiana como método número uno de crecimiento de las obras, por lo menos en Maryland y Delaware que es donde vivo.
Alrededor del 80% o más de los miembros de las congregaciones está formado por personas que ya eran cristianos al llegar a esas iglesias, y solamente se han unido a ellas.
Estos hermanos buscan encontrar un modelo de iglesia similar al que conocieron en sus países y representan una mezcla interesante de tradiciones y doctrinas religiosas que en muchas ocasiones impide que la congregación se mueva según la visión que Dios les ha dado a sus pastores o líderes.
Este fenómeno ha puesto a competir a las iglesias locales por esos “potenciales miembros” que llegan a diario a nuestras ciudades, lo que ha variado la filosofía misma de ministerio de las congregaciones y las ha convertido en centros de reunión de cristianos, en vez de ser agencias misioneras empeñadas en extender el Reino de Dios entre los que no han entregado su vida a Jesús.
De pronto es más fácil ajustarse a los gustos de aquellos que ya fueron alcanzados por otros, que invertir el tiempo y el esfuerzo necesario para bregar con los que aun están en medio de las tinieblas.
Ustedes, ¿qué piensan?
1 respuesta hasta el momento ↓
David Alexander // Junio 13, 2009 a 7:30 pm |
Una ley para cada iniciador de iglesias que se quiebra demasiado es NO DEJAR que la gente secuestre tu visión.
Nuestra desesperación por tener líderes resulta demasiadas veces en dejar que lobos entren a la congregación y grupo de lideres. El resultado es una iglesia enfocada en si mismo o en peor, uno que se divide o aun peor se destruye con cada quien yendo por su propio lado.
Proverbios – una iglesia sin visión es pueblo distraido y desenfrenado.