Entradas clasificadas como ‘Plantacion de Iglesias’
De nuevo por acá tratando de concluir el tema que empecé hace algunos meses atrás (prometo tratar de ser más frecuente con mis entradas en este blog).
Un hecho que las iglesias hispanas no toman en cuenta al momento de crear sus programas o de diseñar su estrategia es la existencia de la segunda generación (digo segunda pues cuando estamos hablando de una tercera, cuarta o quinta generación, como existe en algunos estados la situación es bastante diferente en su tratamiento). Estamos frente al hecho de jóvenes que navegan en dos mundos a la vez: el anglo y el hispano, hablando en muchos casos dos idiomas (inglés y español), separados en la mayoría de las ocasiones de su familia extendida y viendo y sabiendo de sus primos, tíos y abuelos que viven en Latinoamérica a través de las noticias de sus padres o por la internet.
Estos jóvenes tienen ciertas características que los hacen diferentes de sus padres: conocen mejor la cultura que los rodea y son parte de ella, hablan inglés entre ellos pero con uso de dichos o palabras o frases en español, están logrando obtener títulos académicos que sus padres nunca obtuvieron y se relacionan con otras etnias de una manera mucho más fluida que sus padres.
En materia de espiritualidad tienen otra manera diferente de preguntar, cuestionan las respuestas que reciben de sus “líderes”, no se ajustan a los modelos eclesiológicos rígidos ni a los conceptos doctrinales tradicionales, son creativos en la expresión de su fe y desean una experiencia espiritual más que una enseñanza conceptual.
Basta con echar una mirada a las iglesias hispanas en los Estados Unidos y casi en su mayoría están vacías de jóvenes (salvo honrosísimas excepciones), lo cual nos da una idea de lo que no se está haciendo: desarrollando una estrategia que incluya y valore a los jóvenes como lo que son: sujetos llenos de todo el potencial necesario para hacer que la iglesia de Jesús extienda el Reino de los Cielos ahora mismo y en las próximas décadas.
Sin embargo, la actitud de la mayoría de los “líderes” de nuestras iglesias hacia los jóvenes es la de descalificación. Consideramos que por el hecho de no ser adultos, estar casados y tener hijos, poseer formación teológica y varios lustros de asistencia a la iglesia, no son capaces de desarrollar y ejercer los dones y talentos de que han sido dotados por Dios (lo cual es un contrasentido pues si ya tienen los dones y talentos, no entiendo cómo es que no pueden ejercerlos o desarrollarlos).
Esto se refleja también en el lamentable hecho de que la población hispana está totalmente a la retaguardia en la utilización de sus jóvenes adultos para la iniciación de nuevas iglesias. Básicamente no hay jóvenes adultos hispanos iniciando iglesias alrededor de los Estados Unidos y esto envía otro mensaje claro de nuestra parte: los jóvenes solo sirven para ser atendidos en un ministerio especial que los entretenga mientras crecen y se hacen adultos, y cuando mucho un líder joven puede solamente aspirar a ser pastor de jóvenes bajo esas condiciones.
Mientras esto sucede una generación entera de potenciales líderes del pueblo de Dios se está perdiendo: en el mejor de los casos se van para iglesias anglo, pero en la mayoría de las veces abandonan la iglesia para siempre.
Esto es algo de lo que tendremos que dar cuentas a Dios. ¿Ustedes que piensan?
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Retomemos el tema de nuestra última entrada. Si aceptamos que la razón básica de la iglesia es la de alcanzar a las personas que no tienen una relación con Jesús, a fin de que seamos testigos ante ellos y puedan iniciar esa relación eterna, es un hecho entonces que nunca antes en la historia de este país ha habido tanta oportunidad de hacerlo como ahora. De acuerdo con el censo del 2000, los Estados Unidos tienen una población oficial de 300 millones de personas (suma que estoy totalmente seguro será ampliamente superada en los resultados del censo nacional del 2010), de los cuales más de 200 millones no son seguidores de Jesús, lo cual representa alrededor de un 66% del total.
Cuando traemos esos datos a la población hispana, las cifras son proporcionalmente igual de grandes. Se estima que el 13% de la población total en los Estados Unidos es de origen hispano, lo cual nos ubicaría en el rango de los 40 millones de personas (De nuevo esto es según el censo del 2000 que solo es utilizado en este artículo con intenciones de ilustración). Estimaciones hechas por el Dr. Daniel Sanchez en su libro “Realidades Hispanas” indican que el 22% de esa población afirma ser cristianos nacidos de nuevo, lo cual nos daría un número aproximado de 8 millones y medio de hispanos con una relación personal con Jesús, que se congregan cada semana en alguna iglesia en todo el territorio de la Unión Americana. ¡Estas son buenas noticias para la iglesia! Lo malo es que aún quedarían 31 millones y medio de hispanos viviendo en este país sin experimentar las bendiciones del amor incondicional de Dios a través de Jesús y sin poder ver sus vidas transformadas por la obra del Espíritu Santo.
Sin embargo podría pensarse que los 8.5 millones de creyentes hispanos son el resultado del celo evangelistico de la iglesia, pero la realidad es otra. Durante mi experiencia viviendo, sembrando iglesias, pastoreando y trabajando junto a otras, he podido observar el fenómeno de la inmigración cristiana como método número uno de crecimiento de las obras, por lo menos en Maryland y Delaware que es donde vivo.
Alrededor del 80% o más de los miembros de las congregaciones está formado por personas que ya eran cristianos al llegar a esas iglesias, y solamente se han unido a ellas.
Estos hermanos buscan encontrar un modelo de iglesia similar al que conocieron en sus países y representan una mezcla interesante de tradiciones y doctrinas religiosas que en muchas ocasiones impide que la congregación se mueva según la visión que Dios les ha dado a sus pastores o líderes.
Este fenómeno ha puesto a competir a las iglesias locales por esos “potenciales miembros” que llegan a diario a nuestras ciudades, lo que ha variado la filosofía misma de ministerio de las congregaciones y las ha convertido en centros de reunión de cristianos, en vez de ser agencias misioneras empeñadas en extender el Reino de Dios entre los que no han entregado su vida a Jesús.
De pronto es más fácil ajustarse a los gustos de aquellos que ya fueron alcanzados por otros, que invertir el tiempo y el esfuerzo necesario para bregar con los que aun están en medio de las tinieblas.
Ustedes, ¿qué piensan?
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Los que me conocen saben que he hablado de este tema en todos los foros posibles en los que pastores y plantadores de Iglesias hispanos se han reunido para discutir acerca de sus ministerios.
La inmigración es un hecho innegable en los Estados Unidos para todos los grupos étnicos, pero es especialmente cierto entre los hispanos, debido a la cercanía de nuestros países con la frontera sur. Esto nos enfrenta a una realidad que es completamente diferente a la que vivimos en nuestras tierras y que debería marcar el estilo de ministerio que desarrollamos en las iglesias, pues estas deben adaptarse a la gente que están tratando de alcanzar y ministrar.
Lo anterior es perfectamente entendible y deseable pues sería absurdo, como algunas personas desean, que las iglesias hispanas dentro de los Estados Unidos sean copias exactas de aquellas a las que asistíamos en El Salvador, Guatemala, México o Colombia, por mencionar algunos de los países con más representación demográfica en estas tierras del norte.
Sin embargo esto no refleja ni ha conducido a un tipo de pensamiento “missional” o de alcance en el liderazgo evangélico hispano en los Estados Unidos, pues no se han tomado en cuenta algunos de esos detalles tales culturales como:
1) Los valores de nuestra comunidad en Estados Unidos, que son diferentes a los de nuestras sociedades en Latinoamérica. Valores tales como la familia, el descanso, la cooperación, la devoción religiosa, etc, dan lugar a otros tales como el éxito financiero, la constante actividad laboral, el individualismo, etc, una vez que se cruza el Río Grande. Sin embargo las iglesias siguen planificando y ofreciendo ministerios pensados para satisfacer la primera lista de valores, sin tomar en cuenta la realidad estadounidense.
2) La existencia de una segunda generación hispana que no comparte muchos de los rasgos culturales que tienen sus padres. Muchos de estos muchachos llegaron bastante jóvenes a los Estados Unidos y ya sabían leer y escribir español, además de que este es su idioma madre, aunque con los años llegan a insertarse en el mundo que los rodea con mucha mayor facilidad que la primera generación. Por otro lado lo cierto es que cada vez tenemos más niños nacidos en este país, que solamente saben leer y escribir inglés y que hablan español en situaciones de extrema necesidad o no lo hablan del todo. Estos niños, tanto los nacidos en Latinoamérica como los nacidos en los Estados Unidos, comparten algunos rasgos culturales de sus padres como el gusto por la comida, alguna música en español o la participación en cierto tipo de celebraciones, pero el resto de su cosmovisión es influenciada por una cultura norteamericana que sus padres no siempre entienden o aceptan. La iglesia tampoco ha hecho un buen trabajo con ellos y sigue creando iglesias con la mira en la primera generación de inmigrantes sin tomar en cuenta a sus hijos.
3) La llegada de hispanos que ya han sido evangelizados en sus países de origen y que llegan a Estados Unidos buscando donde congregarse y repetir el modelo eclesiástico que aprendieron en sus tierras. Esto provoca fuertes choques entre estos recién llegados y aquellos que ya tienen muchos años viviendo aquí o las nuevas generaciones hispanas, por los asuntos mencionados antes.
Esto es solo un esbozo del tema. En próximos comentarios estaremos desarrollando cada uno de ellos y algunos más que se hayan quedado “en el tintero”. El tema da para un fructífero debate.
¿Ustedes que piensan?
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Recientemente estuve en un entrenamiento en Dallas con WildWorks Group acerca de como iniciar conversaciones con elementos claves sobre un tema en particular a fin de obtener resultados positivos y que llamen a la acción.
Básicamente lo que NAMB (North American Mission Board) quería era formarnos a fin de que podamos facilitar el tema en nuestras ciudades, las cuales han sido bastante descuidadas no solo por nuestra denominación sino por muchas otras.
Pareciera que es mas fácil, o cómodo, buscar iniciar iglesias en los suburbios o en las áreas rurales que en las, a veces, aterrorizantes ciudades.
Sin embargo si realmente deseamos alcanzar a este y a cualquier otro país para Cristo debemos volver seriamente nuestros ojos hacia las ciudades. Particularmente los hispanos estamos en números abundantes en las urbes y esa es una gran oportunidad para extender el evangelio.
Sin embargo es claro que para hacerlo debemos de cambiar nuestra forma de ministrar y el enfoque que le damos al evangelio en otras áreas. Un ejemplo de ello sería el lugar de reunion pues pretender un gran santuario o un local tradicional en la ciudad seria un poco difícil.
Pero además las necesidades de la gente citadina son también diametralmente diferentes a las de aquellos que viven en otras áreas donde tenemos una buena experiencia.
Esto, mas los retos de ministrar a una muy variada población con contextos culturales distintos aun perteneciendo al mismo segmento étnico o habitando en la misma zona urbana, son aspectos que debemos considerar y por los cuales debemos prepararnos de una manera diferente a fin de ser efectivos.
El tema está abierto. Lo que debemos hacer es conversar. ¿Ustedes que piensan?
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Constantemente los que estamos envueltos en esto de la plantación de iglesias tendemos a identificar el esfuerzo que resulta en iniciar una nueva congregación con la extensión del Reino de Dios.
Esto tiene bases bíblicas, pues cuando leemos el libro de los Hechos notamos sin ningún lugar a dudas que esa fue la estrategia de Pablo al evangelizar el mundo gentil. Peter Wagner ha definido la plantación de iglesias como la mejor forma de evangelizar que exista debajo del cielo.
No cuestionamos la necesidad de iniciar iglesias que tiene básicamente todo el hemisferio occidental y buena parte del hemisferio oriental. Eso es lo que amamos hacer y es a lo que hemos sido llamados.
Sin embargo en una ocasión escuché a Neil Cole decir en una de sus conferencias llamadas “Greenhouse”, que cuando se habla de plantar o sembrar algo lo que se hace es poner primero una semilla y que, bíblicamente, esa semilla es la palabra o el evangelio del Reino. Solo después de hacer esto podremos ver surgir congregaciones que serán expresiones del Reino.
Y es precisamente aquí que quiero llamar la atención pues siento que muchas veces centramos nuestro enfoque en la iniciación de iglesias per se y no necesariamente en la extensión del Reino, aunque nuestro discurso esté lleno de referencias a este Reino.
Esto tiene enormes implicaciones pues un enfoque centrado en el Reino preparará ciudadanos de ese Reino, los cuales entenderán cuales son las normas de su nueva patria, quien es su Señor y como se vive ahí. Si solo estamos enfocados en levantar una nueva obra, contentándonos con ver lo que algunos llaman “sitios de predicación” en lugares diferentes y creando solo miembros de la iglesia y no ciudadanos del Reino, probablemente el impacto en la comunidad no sea el esperado. Podemos ver pasar eso cuando las nuevas iglesias tienen una asistencia mayoritaria de creyentes que se van de las iglesias a las que pertenecían o que se han mudado a la ciudad donde la iglesia ha sido levantada.
Hay ausencias de bautismos, de decisiones de seguir a Jesús por parte de aquellos que antes no lo hacían, las nuevas congregaciones no hacen ninguna diferencia en las comunidades en las que están, no hay actos de misericordia y amor hacia los necesitados y aquellos esclavizados por los vicios y el pecado no encuentran libertad.
Salvo honrosas excepciones yo no veo pasar eso en nuestras iglesias nuevas o antiguas.
No veo el Reino extenderse.
Ustedes ¿qué piensan?
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