Recientemente he visto con dolor como algunas Iglesias han sufrido el ataque de la división (o disensión como lo llama la Biblia), provocando con ello el alejamiento de algunas familias, el dolor de otras y la inevitable sombra de duda y confusión, además del dolor profundo que han dejado las heridas, en el corazón de los pastores.
Podremos concluir que siempre que seres humanos imperfectos estén juntos, se darán este tipo de situaciones o que las diferencias de puntos de vista podrían ocasionarlas, lo cual es probablemente cierto en muchos casos.
Sin embargo, hay algo que en estos casos específicos me preocupa aun mas; es el hecho de que sucede dentro de una congregación de personas que sostienen ser nacidas de nuevo y, por tanto, ser Templo del Espíritu Santo y personas que buscan agradar a Dios y hacer su voluntad. ¿Cómo entonces, explicamos las diferencias tan marcadas en cuanto a visión y valores que mueven a unos y otros?
No me confundan, yo creo firmemente en que Dios aprovecha nuestra individualidad (la cual proviene directamente de El) para usarnos de maneras únicas de acuerdo a nuestros talentos y dones. Lo que está en discusión aquí es si realmente TODOS en esos momentos están escuchando la voz de Dios o no.
Y reflexionar en estos asuntos nos debe llevar, eventualmente, al momento en el cual una congregación busca al candidato idóneo para ser su pastor.
Personalmente creo que el rol de pastor en una iglesia no es el que corresponde al ministerio descrito en Efesios 4. Creo que las iglesias deberían buscar para la posición de pastor a un líder con ministerio profético y don de liderazgo y no a un pastor-maestro.
Déjenme explicar las diferencias. El pastor-maestro descrito en Efesios es el que está atento a las necesidades personales de sus ovejas, las protege él mismo, las sana si se hieren, las busca si se extravían. En la práctica es el que se acuerda de los cumpleaños, el que hace tiempo para la llamada o la visita personal, el que aconseja y acompaña en las tribulaciones, el que enseña la palabra en un ambiente relajado y de camaradería. Este tipo de ministros son indispensables en la vida de la iglesia pero no deberían de ser sus pastores principales, pues su propio llamado los limitará en cuanto a la atención de otro tipo de cosas en la iglesia y en cuanto al número de personas que pueden atender físicamente. El resultado son iglesias pequeñas y con una figura de líder paternal.
El profeta-líder es aquel que tiene una visión más amplia del ministerio de la iglesia, que puede llevar al pueblo hacia un determinado lugar según lo que sienta que Dios le ha indicado, es retador en su mensaje, se siente mas cómodo ensenando en un contexto más grande y no tiene el cuidado personal por los miembros de sus iglesias que posee el pastor-maestro.
Ambos ministerios deben estar presentes en la iglesia para que el ministerio camine debidamente (así como los de evangelista y apóstol de los que hablaremos en otra oportunidad), sin embargo es importantísimo que estén ubicados en el rol o la posición correctos.
Cuando las iglesias solo están buscando un predicador para los servicios y un maestro para algunas de sus clases de Escuela Dominical o grupo de estudio bíblico, y no un líder, aunque lo pongan en una posición de liderazgo, tarde o temprano terminará rompiéndose el hilo y explotará el problema.
El profeta-líder debe estar al frente de la congregación para dirigirla, exhortarla, retarla y recibir la visión de Dios. Los pastores-maestros deben estar atendiendo a los miembros y proveyendo para su crecimiento espiritual y la sanidad de sus vidas.
Si esto empezara a suceder, habrían menos divisiones en la congregaciones y el Reino de Dios avanzaría más rápidamente.
¿Ustedes que piensan?